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XXXIV Potaje Gitano

Año 1990

Homenaje a Perrate y Perrata

 XXXIV Edición del Potaje Gitano, año 1990, celebrado en el Colegio Salesianos de Utrera

La crítica flamenca y de una forma especial todos los aficionados fieles al Potaje venían pidiendo a voces, venían proclamando que el homenaje a Perrate tenía que llegar. José Fernández Granado, sin duda, el cantaor más largo y exquisito de Utrera, padecía, desde bastantes años atrás, de una paraplegia que le encadenaba a una silla de ruedas. Pero, como la comisión organizadora era consciente de ello, y el propio alcalde Pepe dorado así lo expuso, al fin llegó su homenaje, aunque, eso sí, compartido con su hermana María Perrata. Una vez más se designó mantenedor del acto a Salvador de Quinta. Como premio, en el acto del homenaje, además del habitual presente de la hermandad, el Ayuntamiento hizo entrega a los dos, del recién instituido premio Arco de la Villa, el que no se ha vuelto a entregar a nadie más.

“Es verdad que si la tengo / una quejita con Dios. / Esto que me está pasando / no me lo merezco yo”.

Lebrijano intervino con la orquesta Andalusí, completando además el cartel, Enrique Montoya, y Curro de Utrera, amigos inseparables de Perrate, Turronero, Pepa, Gaspar, Diego Chamona, Pedro Peña, la Revuelo, Marquesito, Manuel Requelo, Manolo Domínguez, Manuel de Palma, Pedro María y David Peña, Diego de Perrate y Manuel de Angustia en colaboración especial. Todos, en buena línea, ofrecieron su arte, pero el protagonismo era de ellos: De María, de José…

Puro poema aquella actuación de María la Perrata y de su hermano José, ambos, acompañados a la guitarra, como no podía ser de otra manera, por Pedro Peña. Y si en ella, la escena nos mostraba un Sevilla a Cái por el tren, con paradas en Utrera y Lebrija, donde la bulería al golpe romanceada nos hablaba de las cales de una utrera blanca, con sabor a cantigas de un rey sabio que reconquistara Lebrija, en él…, “Es verdad que si la tengo, una quejita con Dios. Esto que me está pasando, no me lo merezco yo”, la soleá grande pelea y se angustia porque la sentencia de Ia copla pesa, duele en el ambiente y la escena se hace fuerte. La guitarra, en el cante de ella fluye en la serenidad del duende, mientras en el cante de él se hace arrebato de misterio y búsqueda sin frontera. En ambos casos, es patente Ia solemnidad del cante.